miércoles, 23 de marzo de 2011

Historia de una terna truncada


El ser humano tradicionalmente ha utilizado etiquetas para clasificarse y concebirse de una forma u otra. Cada cual va colgando de su solapa chapas y pines en función de lo que quiere expresarle al mundo que le rodea. Los gustos, preferencias y demás facetas de nuestra personalidad se ven en parte recogidas en nuestra afición por coleccionar retales de nuestra existencia o al menos de cómo la queremos mostrar a todas las demás miradas, fijas en nosotros, o así lo creemos.
Durante los años de estudios, más corto o más largo, nos colgamos alguna de esas chapas que sin duda tendrán un importante efecto en nuestra vida. El buen estudioso patoso y el manitas que no sabe como aguantar un lápiz. Es evidente que tales calificaciones no son ni muchos menos estancas pero reconocerán que facilitan las referencias que de los demás establecemos.
Así pues, otra de las chapas estrella es la devoción que el buen estudioso patoso pueda tener por las letras o por las ciencias, uno será escritor (siempre que tenga una herencia de la que vivir) y el otro investigará células madre (siempre que tenga una herencia de la que vivir). No obstante, gracias a que nuestras clasificaciones sirven de referencia pero no son algo estanco, no podemos sólo alimentarnos con sopas de letras o sólo discernir entre lo falso y lo verdadero a base de 0 y 1 como hacen las máquinas. Nos alejamos ya de las máquinas que bastante copan nuestras vidas y en lugar de funcionar con el 0 y el 1, utilizaremos el 1,2,3.
En efecto, las ternas son uno de los símbolos más preciados de nuestras culturas. Pensad en la cantidad de ternas que existen en las fábulas, leyendas, historias y tradiciones, y que de una forma u otra otorgan validez a nuestros significados: los tres cerditos, los tres mosqueteros, la santísima trinidad; el cielo, el infierno y el purgatorio; y muchos otros fenómenos que se van sucediendo de tres en tres, eso es, la muerte de un tercer famoso en pocos días.
La terna también nos sirve para purificar nuestra alma o para cambiar el estado de nuestro espíritu, y a tal terna me acogeré para intentar hablar de lo que está sucediendo en Oriente. Un pueblo que busca su terna de purificación, cuyo proceso, de una forma u otra, siempre se ve truncado, con los peligros que eso conlleva.

Van Gennep se acogió a las ternas para describir el proceso por el cual las personas y en su conjunto las sociedades cambian sus realidades morales, espirituales y/o sociales: Los ritos de paso, tres lugares necesarios para que nuestras transformaciones no tengan un producto final traumático: separación, transición y reincorporación. Todos en alguna ocasión hemos tenido opción de experimentar tales fases: los viajes, el matrimonio, las nuevas aventuras, los cambios de proyecto, una borrachera e incluso la muerte. Alejarse, embriagarse y volver a la realidad; eso pretende el pueblo libio (y Egipcio y …en general todo pueblo oprimido).

La primera fase, separación, aquélla en la que empiezan a creer que necesitan un cambio, pues su vida, de tan desesperada, ya no tiene significado alguno. Las revoluciones empiezan con los estómagos vacíos (eso decía Napoleón) y gran parte del pueblo Islámico no sólo tiene vacío el estómago, también se les empieza a vaciar el alma. La velocidad con la que se mueve el mundo y las pocas fronteras físicas que en él quedan, han ido llenando gota a gota el cuenco de sus desesperanzas. Sus verdades, sus leyes y los preceptos religiosos que han regido sus vidas se han convertido en piedra hueca.
Dictadores sin escrúpulos y licenciados de la crápula, por orden del mayor de todos, el siempre interesado primer mundo, han mandado erigir, con las manos del sirviente, la prisión donde este dormirá. La censura, la propaganda dirigida y la manipulación de los aparatos de su poder se han encargado de forrar las paredes entre rejas de verde esperanza.
Pero hemos fabricado un mundo tan líquido que las verdades ya se filtran entre los barrotes, y así va escapando la pintura verde esperanza de prisión, gran parte del pueblo islámico ha empezado a ver la realidad más allá de la ficción de un póster. Donde antes veía con claridad un oasis prometido ahora empieza a ver tan sólo un sórdido muro de ladrillos.
El berrido de los camellos no ha sido en vano y se ha ido extendiendo a lo largo y ancho del desierto (por facebook, twiter y en general la inmensa red telemática tan difícil de controlar), cuyos pueblos se han unido para berrear también por sus derechos, el primero y fundamental, que dejen de engañarle; el segundo, comer y vivir decentemente; y el tercero, reencontrar sus auténticas verdades.
La primera fase del rito de paso extendido por los países que tanto hemos visto en los titulares de actualidad. ¡Ay Dios mío, como está el mundo, que está pasando en Oriente!!!??. Nada malo, algo natural, algo humano… se alejan, abandonan su mundo pues ya no creen en él, son conscientes de que su pueblo debe ser purificado y para ello no pueden seguir embobados ante los finos retratos del crápula. Los cantos de sirena parecen haber perdido su magia en el sur del Mediterráneo, eso es algo para celebrar.

Y así nos adentramos en la segunda fase del rito, la transición, la fase liminar. Bajo mi entender se trata de una fase sorprendente ya que nos muestra esa partícula indivisible que todos llevamos.
Toda materia está formada por partículas irreductibles llamadas átomos y a partir de su combinación se van generando los diferentes seres y materiales. El ser humano como ente de este mundo también está compuesto de tales átomos, pero su dualidad nos muestra otro componente indivisible, aquél que no forma parte de su carne pero sí de su condición social. Todo ser humano lleva una partícula indivisible y originaria, que algunos calificaron como maná, otros alma, otros espíritu…, en definitiva es su primaria atención por el prójimo lo que le caracteriza. Pura esencia social, sin forma ni color que aguarda a ser recubierta de nuestras vivencias, creencias y entorno cultural. Pura entropía de la que surgirán nuestras formas sociales conocidas.
Como decíamos, la fase liminar, la segunda del rito de paso, nos traslada a un estado de entropía. Como si estuviéramos embriagados, nuestra razón, nuestras normas sociales, nuestras verdades y todo lo conocido se disipa como la gaseosa. Somos devueltos a un estado primario de sociedad sin forma, en el que todos volvemos a ser iguales, sin distinciones, sin chapas en la solapa, sólo humanos, sólo seres sociales.
Evoquen cualquier imagen de la plaza Tahrir en el Cairo, todos a una vitoreando, esperando, pernoctando y haciendo cualquier cosa pero a su vez sin hacer nada, tan sólo juntándose, tan sólo alimentándose de maná, del colectivo. Las diferencias entre ellos dejan de existir, incluso pudimos apreciar como se juntaban hombre y mujeres, cosa muy poco común en el Islam. Así pues ya no hay clases, ni razas, ni religiones, tan sólo una verdad: que estaban juntos, así es, naturaleza colectiva de la verdad. Momentos pues de pura entropía colectiva, donde la masa deja de pensar según sus referentes pues ya se alejó de ellos.
Por eso el pueblo es tan peligroso si así se lo propone. En el momento en que decide pasar el umbral de lo terrenal y adentrarse en el paraíso colectivo, nada le puede frenar. Como si de hordas de zombis se tratara usará la fuerza del número, la fuerza del todos a una. Da igual cuanto corras, cuanto discurras y las trabas que le pongas, siempre te atrapará, pues tal estado le otorga una naturaleza inagotable. Ya no alberga razón, sus recuerdos son demasiado vagos como para fijarle una moral, puro trance y frenesí colectivo. Las cruentas jacqueries no son sólo producto del intelecto, ni la moral, ni la valentía campesina, si Francia se llenó de cabezas reales fue en gran parte por el trance liminar. Estado liminar fascinante y peligroso a su vez, ya lo vio Mubarak que el primer día amenazó, el segundo matizó y al tercero se retiró.
Exactamente lo mismo está sucediendo en Libia (y otros países de la zona), que bajo la sorpresiva mirada del crápula, se fueron haciendo con el control de las ciudades. En este caso, el crápula, optó por usar la fuerza bruta y por refugiarse en su nido de mercenarios. También es cierto que en este caso, la capacidad del pueblo ha ido mermando por su falta de medios, pero a pesar de que Gadafi se hubiera hecho de nuevo con el control, estarán de acuerdo conmigo, que dirigir tal país ya no le habría sido tan fácil. Engañar nuevamente al que ha saboreado las delicias liminares es mucho más complicado, y si el zombi ha comprobado su poder, lo dicho…antes o después te atrapará.

Parece que el pueblo islámico pueda por fin vivir una revolución. Su revolución, esa que a Occidente le aterra tanto. Entramos en la tercera fase, la reincorporación.
Tras la tempestad viene la calma, atravesando la última puerta espera la renovación buscada. Nuevos significados están por venir, poco a poco el colectivo irá encajando su nuevo rumbo y se afianzarán nuevas verdades. Una nueva moral para todos. El zombi recobra su conciencia y sus recuerdos ya purificados. Deja de ser zombi, vuelve a ser persona, es tiempo de un nuevo estado, una vida renovada.
Ahora bien, en este proceso siempre está presente el interventor de turno, Occidente. Mira con recelo lo que sucede y alza voces de alerta contra el integrismo y el fundamentalismo. Veremos si los aliados son por fin eso, aliados, que ayudan pero no intervienen ni meten cucharada. Por una vez aprendamos de la historia y dejemos al pueblo islámico fabricar su revolución.
Personalmente me niego a creer que el Islam sea fundamentalista en esencia. Claro que tienen una visión diferente del mundo y claro que sus estructuras sociales son diferentes a las nuestras, pero eso no es integrismo. Precisamente éste bien pudiera ser una consecuencia del intervencionismo occidental. Aceptemos que el mundo es diferente y lejos de ansiar una única ley global comprendamos y compartamos diferentes leyes. Si una vez más la voracidad capitalista vuelve a interrumpir el proceso de purificación islámico, una vez más volveremos a estar frente a dos estados mal separados y definidos. Eso significa que la nueva vida seguirá mezclada del frenesí liminar y de ahí nada bueno puede surgir. La nueva sociedad albergará un cáncer endémico que irá trasladando en sus genes, la nueva vida transcurrirá con repetidos sucesos de entropía (Afganistán, Irak, tantos países en África y América), eso sí puede ser integrismo.

Por tanto, letras y números se entremezclan para ayudarnos a decorar nuestra morada de significados. Todo aquello con lo que nuestro espíritu se materializa está lleno de la simbología del lenguaje y los números. Bajo argumentos como este, alguien de letras como yo se ha acogido a los números para tratar de entender, en su forma más básica, lo que ya es ininteligible de tan enmadejado. Es un primer paso.
Dejemos a un lado nuestros egoístas intereses si es que queremos definitivamente un mundo mejor. Ha llegado la hora de confiar en otros pueblos y aceptar el derecho que tienen a revolucionarse por aquello en lo que creen, pues una vez dado el paso, nunca aceptará verdades idénticas a las que en su día abandonaron con gran esfuerzo. Dejemos a cada cual la oportunidad de poder elegir y vivir bajo sus propias ternas. As-salaam-alaykum.

martes, 25 de enero de 2011

2011. Se prohibe felicitar el año


Los Reyes Magos partieron hace casi un mes y suponemos que en circunstancias normales habrían llegado ya a su lugar de origen, ese lejano Oriente que, efectivamente, cada vez es más lejano e inhóspito. No habrán podido evitar pararse por cada territorio a su paso para contemplar, con inusual asombro en un Rey Mago, el sufrimiento con el que la gente convive. Enumerar la cantidad de eventos con los que se habrán encontrado coparía la extensión de este escrito, y en realidad, sólo hace falta pensar un país (Túnez, Egipto, Irak, Afganistán, Rusia…y demás continentes) y pensar un derecho universal para encontrar las causas que tanto han asombrado a nuestros queridos Reyes Magos. Pensaban ellos que repartían ilusión y sólo dejar los paquetes sus camellos doblaron la rodilla en señal de protesta. Me encanta saber que alguien se sigue asombrando y se niega a seguir viajando.
Recuerdo mis años de infancia en que me esforzaba por estar apuntado en el libro verde de Los Reyes, señal inequívoca de que me había comportado bien y por ello aguardaba un premio una vez pasado el año. El buen comportamiento no debe centrarse sólo en el incentivo, pero está claro que ayuda. Tan añorada costumbre parece estar cayendo en el olvido, exactamente igual que ese lejano Oriente. Quién sabe si no llegará también el día en el que nuestras queridas Majestades se olviden de visitarnos, o quizá dejen de ser Magos y en lugar de repartir ilusión, repartan fardos de billetes y bienes tan etéreos y volátiles como las bolsas financieras. No eso no, quiero seguir creyendo en Los Reyes.
Costumbres que no se debieran perder pero se pierden, y es que la velocidad con la que vuela o se desploma el IBEX no deja lugar para el asentamiento de las ideas, de los actos y por tanto para que las gentes sientan y participen de sus costumbres. La sociedad líquida no acepta la costumbre como tampoco Oriente acepta un tranquilo viaje en camello.
Malinowski creía que las reglas del derecho eran una categoría bien definida dentro del cuerpo de las costumbres, pero sólo se puede aplicar a las gentes sencillas, cuyo poder se repartía entre las familias del pueblo o tribu. Tal concepción de la ley ya no tiene cabida en nuestra actualidad, nuestras costumbres ya no tienen cuerpo. Más bien son fabricadas como un producto, y las leyes se hacen al punto, vuelta y vuelta. Ya no existe el incentivo social para obrar mejor o peor, sólo existe el castigo. Nuestros Estados se han acostumbrado demasiado al control y nosotros a la obediencia.
El ingenio de todo ideólogo langostinero consiste en prohibir, prohibir y prohibir; recortar, recortar y recortar. Nuestra democracia no permite la legislación bajo la mirada del pueblo, y la actividad pública ya no marca directrices, más bien son las directrices de los dirigentes las que obligan al pobre ramado de ovejas a seguir un camino. Un peregrinaje a la Meca del Dólar, pero aquí todos somos Moisés, todos nos quedamos en el camino y sólo unos pocos disfrutan del paraíso fiscal.
Ya no somos conscientes de la cantidad de prohibiciones que regulan nuestras vidas y tampoco somos conscientes de que todas ellas tienen un denominador común: la pela. Las leyes modernas son abusivas no sólo en cuanto a la estupidez de muchas de ellas sino al desfase existente en las cuantías a pagar. Sinceramente, me parece un escándalo pagar mil euros de multa por mear, fumar, escupir, enseñar el pezón o llamarle tonto a alguien. Sobre todo cuando veo a Il Cavaliere pasearse con sus putones arriba y abajo sin sanción ninguna, sobre todo cuando descubro que la defensora del pueblo (JA!) cobra 110.000 euros, sobre todo cuando no paro de conocer dirigentes que llevan treinta o cuarenta años explotando a su pueblo, sobre todo cuando no soy capaz de asimilar el enorme listado de genios y genialidades cuyos reyes magos son la avaricia, la mentira y la explotación.
No puedo rebatir que fumar en un lugar público sea una tocada de gaita para el que no fuma y tampoco puedo rebatir que mear en la calle sea una marranada. Pero sí puedo rebatir que cuando yo respiro sea un delito y cuando el FMI aleja a Oriente sea por el bien social. Digamos que perder el tiempo dialogando sobre la Ley de Transparencia es lo mismo que si intento perder el tiempo haciéndome invisible mientras meo.
Los Reyes Magos se preguntan por nuestras democracias, cuya información reside secuestrada bajo las faldas de algún putón o en las tripas de algún caimán. Dicen que hay una isla llena de caimanes, pudiera ser pues.
Podía creer también que dicha información se encontraba perdida en la red y mi esperanza era poder descargarla del emule, pero la ley Sinde me ha quitado esa idea de la cabeza. La cultura debe ser de pago, única forma de asegurarse de que la información también sea de pago, y ¿quién puede pagarla?, sólo aquél que la tiene. Ya sé que suena estúpido y redundante, pero así es nuestra democracia, estúpida y redundante, hay camellos que se dieron cuenta y dejaron de caminar, nosotros en cambio, seguimos quemándonos los pies con la arena del desierto.

Eso sí, a pesar de que nuestros actos estén regulados a base de prohibiciones y recortes, se apela a la solidaridad como sentimiento colectivo para salir de la crisis. Múlteme usted si quiere señor guardia pero yo me cago aquí mismo en la crisis. Le diría a ese percebe amorfo de la Nissan, Prisa, SEAT y/o Banco de Santander que la solidaridad colectiva como ustedes la entienden no existe. Puede existir mi solidaridad particular y altruista por cualquier causa, pero no la colectiva y social. Ésta siempre ha funcionado por un intercambio de intereses. Es decir, no se trabaja más por nada, no se aprieta uno el cinturón por nada, siempre se espera algo a cambio: un incentivo, un aplauso, un reconocimiento al esfuerzo, al arte y al ingenio. A eso se le llama reciprocidad de intereses, pero al percebe amorfo eso de la reciprocidad le viene grande.
Pues eso, los percebes amorfos no piensan igual, anidan en la valiosa piel del caimán y entre el polvo lujurioso y la gula de poder, aplauden a su antojo sin fijarse en el esfuerzo, el arte o el ingenio, anhelando más polvos lujuriosos y copiosas comilonas de poder.
Los mercados, esos percebes amorfos que nadie sabe donde se ocultan (“De dónde vienen los monstruos”), nadie sabe su forma ni su aspecto, son lo más parecido a los “señores Jack” de Neil Gaiman, asesinos despiadados que olfatean la carne de un niño, no sabemos si para comérsela o para especular con ella, como ya han hecho con el trigo. Pero no se preocupen, otro tijeretazo, arránquenme otro trozo de carne (si queda) que la causa es buena: aplacar a los mercados. Pobrecitos, sufren si se alteran.
Llegará el día en que no sólo el granjero sufrirá para comprar trigo. Nosotros no podremos comprar la luz del sol, porque no lo dudes, llegará el día (si lo puedes pagar claro) en que cada fotón de luz será cuantificable, valorable y materia de inversión y especulación. Pero nuestra democracia podrá con eso y mucho más, nuestra solidaridad aplacará la ira de los señores Jack o percebes amorfos, según prefieras. Además, pronto nos acostumbraremos (ley laboral y de pensiones) a trabajar desde el ataúd. Un ataúd y un portátil conectado con la sede de los señores Jack, allí mismo, donde habitan los caimanes.
Il Cavaliere también es amigo de los percebes, porque controla bien el poder, encamina adecuadamente la información al portátil y en definitiva alimenta a los caimanes, para deleite de los percebes que siguen jodiendo y fagocitando poder. Il Cavaliere controla la información, sólo tiene que crear un buen slogan, sin significado pero entretenido para distraer la atención del pobre ramado de ovejas. Pues lo principal es que siga siendo un ramado. Supongo que por eso el puede comprar putones (múlteme señor guardia por el taco) y yo no puedo fumar a la puerta de un colegio, mear si me revienta la vejiga o lucir mi cuerpo serrano una buena tarde de sol.

Por todo esto y mucho más la noche de Reyes lo dejé todo a un lado, me senté ilusionado con Sus Majestades, charlamos y hasta nos fumamos un puro. Compartimos la ilusión de todos los niños que ya dormían. No se preocupen, les advertí de que no regalaran pelotas, pues ahora en las ciudades está prohibido jugar a pelota en las plazas.
Recuerdo el desasosiego de los camellos al escucharme.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Dale limosna mujer...


Dale limosna mujer que no hay pena más grande que la de ser ciego en Granada. Ya lo decía Lorca y cuanta razón tenía pues mis ojos pudieron contemplar dicha belleza en estos días de acueducto festivo que nos ha deparado el mes de diciembre.
Antes de que se abalancen sobre mi he de aclarar que en efecto fui afortunado y tras el caos aeroportuario finalmente pude gozar de unos días en tan linda ciudad, no obstante también debo aclarar que el des-controlado fenómeno me hizo perder un día de vacaciones así como la posibilidad de pasear por los jardines de La Alhambra. Como todo hijo de vecino también yo me acordé en caliente de la salud y familiares de los des-controlados controladores aéreos.
Des-controlados por su falta de empatía con el trabajador que ansiaba tales días, por la falta de responsabilidad al bloquear los sueños, las necesidades y las emociones de miles y miles de personas. Des-controlados por transformar un acueducto de ensueño en un puente maltrecho que desplomó cada vagón del tren más esperado del año. Pero sobretodo, des-controlados por abalanzarse en masa sobre un zanja muy bien puesta.
No estoy en sus cabezas pero creo que se lanzaron de lleno a una corriente térmica de la que no vieron manera de escapar. Cuando dejaron sus puestos, los aviones dejaron de volar, ellos en cambio comenzaron a volar y volar en espiral sin saber como escapar de tal ciclón aéreo, sabiendo además que el accidente iba a ser mortal.
Aparte del colapso aéreo llegó también el colapso mediático. Tras poner el gobierno el agua a calentar sólo esperaron a que el des-controlado echara los polvos mágicos de la debacle. Aeropuertos de todo el país, zonas liminales por excelencia, en donde cada cual pierde su identidad, en donde cada cual sólo es un número de vuelo y una tarjeta de embarque. Donde se juntan miles de personas sin trabajo alguno, sin identidad y en el trance de una espera que nadie tiene la certeza de su durada. Este es el escenario perfecto de cualquier ritual que se precie. La zona de tránsito de un lugar a otro, la zona de tránsito de tu vida a la otra.
Piensen ustedes las consecuencias de romper o quebrar cualquier ritual justo en su punto más latente donde se juntan emociones pasadas y futuras. Donde se alberga el olvido de mi anterior condición y la adquisición de la nueva. Eso es, miles y miles de zombies en estado de trance que deambulan por un vastísimo espacio sin forma alguna reconocible, sin un decorado al que agarrarse. Enviar para allá a las cámaras es algo inmediato, beneficioso y muy pero que muy productivo para algunos.

Por eso no me cuesta decir que me dan pena los des-controlados, ya que nadie se mete en una espiral de esa magnitud sin una buena causa. Es más, pienso que todos tenemos cierto derecho a des-controlarnos, empezando porque ciertos privilegiados parecen sí tenerlo, y a los que dan fe de ello les ponen el cartel de busca y captura. Que se lo pregunten a Julian Assange.
Podemos pedir la cabeza de todo controlador aéreo que se precie, pero me encantaría que también se pidiera la de aquél corrupto que se queda con los cien euros que a mi me quitan, la de aquél otro jeta que se pagó sus viajes a todo trapo, sus copiosas y excelentes comidas y a buen seguro sus burdeles.
Cobren lo que cobren, que no lo sé pues sólo escuché una versión, no son los controladores los que me aprietan la clavijas diariamente. Quizá sería momento de no pedir tanta cabellera y reflexionar más acerca de por qué ansío esas vacaciones. Nada tengo que decirle a quién sufrió otro tipo de calamidades pues no estoy en situación de pedirle entendimiento y él tampoco de pensar, suficiente tiene con sufrir, sólo puedo decirle lo siento. Pero buena parte de la dureza de la vida no nos la ha impuesto un vuelo de más o de menos, nos la ha impuesto tanta globalidad financiera atroz des-controlada, que fuerza a volar como zombis a muchos y permite volar en jet privado a unos pocos.

Sin duda me estaré creando enemigos defendiendo a tales cowboys cuyas cabezas deberían decorar el monumento erigido para conmemorar nuestro primer estado de alarma. También me da pena, y es que en lugar de pensar que tenemos un objetivo común, vivir mejor, y que por ello podríamos luchar, caemos una y otra vez en la mayor trampa de nuestros estados modernos.
Excelentes maestros de la parafernalia y el teatro disponen los guiones perfectos para la confrontación colectiva. Enfrentar mis intereses con los tuyos es lo más sencillo que existe. Una imagen por aquí y una cifra por allá e voilà. Desatomizados y convertidos en lobos más pendientes de devolver la dentellada que de curarse la herida cuyo dolor nubla la visión. Tanto grito alrededor de la montaña de calaveras no nos deja escuchar tan antigua y célebre frase como es divide y vencerás.

Se equivocaron en las formas y el momento, se des-controlaron, ahora bien, quién de ustedes no ha pensado un día en no acudir al trabajo, en vengarse de la administración que le oprime o simplemente en des-controlarse. Si rebanamos la cabeza de tanto des-controlado se acabó la prensa rosa, se acabaron gran parte de nuestros gobernantes, se acabó el caciquismo, se acabó el fútbol…y quien sabe si quedaría alguno en pie, quizá volverían los dinosaurios, no lo sé.
Otra opción sería dejar el machete a un lado y hacerlo todos por un día, no sólo controladores des-controlados, todos des-controlados, sin acudir a trabajar. Un día de debacle, aunque sólo sea para aclarar que todos somos controladores, o eso me dicen cuando voto. Aunque sólo sea para aclarar que hemos visto sus muchos días de debacle y uno tras otro lo permitimos. Aunque sólo sea para aclarar que los jetts también son nuestros y nosotros los controlamos.

Si seguimos ciegos en cualquier terminal, aunque sea la de Granada, danos limosna mujer…

viernes, 5 de noviembre de 2010

El terror no tiene forma. Esto es Halloween, Halloween, Halloween...


Donde yo vivo, es sagrada tradición para el día de todos los santos comer un delicioso dulce llamado panellet. Pastelerías y panaderías abarrotan sus vitrinas con tan emblemático y delicioso (y caro) producto. Sé de otros lugares donde se comen huesos de santo, buñuelos de viento e incluso se prepara el paladar para Navidad mediante un anticipo de pestiños. La gastronomía es uno de nuestros adornos favoritos para cualquier celebración que se preste, y como es normal, cuando la fiesta va de retirada las tripas pasan facturas.
Una vez recuperado del empacho, me encuentro con ganas de fijarme en una celebración que cada vez está más en auge y que comparte nuestro hábitat con las celebraciones anteriormente nombradas. Así pues, nuestros exquisitos panellets comparten ahora habitación con compañeros muy diferentes a ellos, como son las calabazas y los murciélagos de Halloween. Donde antes sólo abundaban miel y piñones ahora también cuelgan oscuras y tenebrosas telarañas.
Es razonable que moleste la llegada de un inquilino que comienza a ensuciarnos los rincones de nuestras golosas paredes y de ahí que entienda el enfado de algunos por tener que aceptar, decreto de nuestros caseros, tan espeluznante compañero de escaparate.
Comprendo su disgusto pero mi intención no es desahuciar a ese vampiro que nos llena el baño de sangre, ni tampoco a la pobre momia que nos deja un día sí y otro también sin papel higiénico. Ya he hablado en escritos anteriores sobre el poder de ciertos laboratorios de productos y dinero que por mandar, mandan hasta a los monstruos. Está claro que Halloween se ha convertido en otro acontecimiento propicio para gastar y convertirnos así en hombres lobo de postín. Incluso podemos creer que mi traje es mucho mejor que el de esos pobres licántropos apaleaos o chuchos callejeros que roban gallinas para alimentarse.
Independientemente de esa dosis capitalista presente en todo brebaje festivo, he de reconocer que, sin olvidarme de mis natas costumbres castañeras, me gusta cruzarme con esos diabólicos seres. Encarnar nuestros temores es una de las formas más eficaces con las que podemos desprendernos de nuestras pesadas angustias, así damos forma a lo que no lo tiene, pues como refleja el clásico cinematográfico, el terror no tiene forma.

Halloween fue en su origen una tradición celta que celebraba el final de la cosecha y el comienzo de la estación oscura, entonces la separación entre el mundo terrenal y el sobrenatural era más confusa que nunca y el temor de extrañas visitas se hacía patente. Urge pues vestirse adecuadamente y preparar una mayoritaria bienvenida para que el extraño no pase desapercibido. El baile de máscaras hace más amigable a ese rostro oscuro que no logramos reconocer en soledad.

Dicha tradición fue variando con los tiempos y la historia, y tras un buen tratado de laboratorio se ha convertido en la más grande fiesta de palacio, donde se reúnen todos los monstruos del condado. Personajes y supersticiones de diferentes lugares como el vampiro, el hombre lobo o cualquier otra enmascarada encarnación del mal como Jason, Michael Myers o incluso Hannibal Lecter, coreografían la fiesta de Halloween.
Todos ellos tienen sus particularidades y sus víctimas preferentes, pero todos ellos guardan un objetivo común, el mismo que los celtas tenían en su originaria fiesta y el mismo que pudiera acontecer en cualquier otro lugar y época. Como el anillo que los gobierna a todos, también estos mitos obedecen a una máxima, defenderse de la otredad, esa desconocida que nos abruma con su rostro de carne muerta, aquello que es diferente a mi y que por tanto no se de que extraña dimensión proviene.
La mayor maldición de un vampiro es su soledad, su condena a vivir eternamente entre los humanos sin serlo, desprovisto pues de su condición social y su humanidad vaga en la noche alimentándose de nuestra vitae social, de nuestra sangre y por tanto de nuestro linaje. Condenado a ser temido, condenado a ser terror desconocido.
El hombre lobo representa a la naturaleza más salvaje y animal, las fauces de un lobo descontrolado que no recuerda su humanidad atacan bajo el mandato de la cara triste de la luna. Al amanecer despierta sin recuerdo alguno pero con una desoladora certeza. Condenado a ser temido y a ser terror desconocido.
La calabaza de Halloween, o mejor, Jack O Lantern, cuyos trucos con el diablo le salvaron del infierno pero no de algo aún peor. No tener lugar alguno de muerte, ya sea cielo o infierno, le fuerza a vagar como un granjero errante. Sin alma, sujeta su calabaza hueca donde prenden eternamente las brasas del infierno. La gente huye y clama la llegada de un espectro que porta una luz aterradora. Pobre granjero burlón, condenado a ser temido y a ser terror desconocido.
Así podríamos seguir añadiendo a todos los monstruos que se nos ocurran y en todos ellos encontraríamos la misma premisa cinematográfica, el terror no tiene forma.
Y por ello se la damos nosotros, imitando sus máscaras e intuyendo sus vestimentas.

Lo curioso de nuestros tiempos modernos es la facilidad con que representamos el baile de los monstruos, el cariz de nuestro Halloween empieza a parecerse más a una orgía de mazmorras que a un baile de máscaras por la corte de palacio. Nuestros clásicos temores están perdiendo fuerza e incluso disfrutamos con ellos. No es extraño encontrarse con quien idolatra a ciertos clásicos del terror, despojándole por tanto de su capacidad para producir miedo en el hombre. La naturaleza en frenesí cada vez tiene menos cabida en nuestro mundo urbano, donde el temor por lobos y murciélagos parece extinguirse (no en algunos puntos donde aún acuden jabalíes).
Hemos volteado a Drácula y hemos sacudido su alma atroz, aquél temor que le construyó un día. Ahora es sólo un disfraz y sus cortes nos sirven para vestir nuestros modernos miedos. Inestables, fugaces, omnipresentes e instantáneas angustias. Bien pensado, que mejor forma que vestir de Drácula a lo que no podemos catalogar ni describir.
Los lobos apaleaos que roban gallinas saben que el granero se está cayendo, saben que se acerca el granjero burlón y se la va a jugar. Conseguir un disfraz de fiero hombre lobo y montar una orgía de monstruos en las mazmorras parece un buen método de olvidar lo que afuera acontece, extraña aureola de inciertos fenómenos que me paran el hálito….
Espero hayan tenido un feliz Halloween y que este les haya proporcionado la más sangrienta felicidad, necesaria en todo ser humano, para mirar al frente por la rambla de desconocidos que vienen y van con paso firme.

domingo, 17 de octubre de 2010

Que no lo separe el hombre


Aprovechar un día festivo para comerte un pollo asado junto a aquellos que uno aprecia es una práctica saludable y la mar de provechosa, pues raro es despedirse de tales reuniones con el zurrón vacío.
Alguien a quien aprecio, en plena zozobra de sobremesa mostró cierta sorpresa (y es que hoy día es difícil sorprenderse en demasía) por el impacto mediático que está teniendo el suceso de los mineros chilenos. También recuerdo como el comentario dio poco de sí pues la zozobra nos tenía amaniatados, pero de vuelta a casa y con el viento otoñal aflojándole a uno las manillas, sentí la inquietud del zurrón en el que ya se maceraba tal comentario.
No quisiera quitar dramatismo a la desdicha sufrida por tales mineros y sus familias, pero nadie negará que desdichas de igual magnitud y mucho peores ocurren a diario y acaban pereciendo sin ser vistas. ¿De qué depende pues que un suceso se convierta o no en un globo sonda?
Dar una respuesta completa y veraz requeriría de un estudio casi inabarcable, y es que cada acontecimiento dado tendría que ponerse en relación a la cantidad de factores, intereses y juegos de poder que se dan en este mundo nuestro en el que ya no hay ni tiempo ni espacio. A pesar de todo, la búsqueda de significados en esa doble realidad mediática en la que todos vivimos es también otra práctica saludable,
Chile es uno de esos estados que predica con fervor la unidad nacional, el sentimiento chileno es sólo uno y por tanto poderoso, además, tal conciencia de país va muy acompañada de la fe por Dios, que salvaguarda sus llanuras y las llamas que por ellas campan. Ni una ni dos son las veces que habrán podido escuchar o leer al presidente Sebastián Piñera afirmar que con la ayuda de Dios nada puede salir mal.
Este es un discurso que buena parte de los chilenos tienen aprendido y así lo demuestran erigiendo en pleno desierto de Atacama el campamento Esperanza, donde como en cualquier otra religión la esperanza de todos es la esperanza de cada cual. La comunidad Esperanza se prepara para el ritual y como si de un entierro se tratase rezan juntos a sus santos y vírgenes por el alma de sus familiares enterrados. Velar a nuestros seres queridos es una práctica sagrada, pero en este velatorio de Esperanza, algo no sigue el curso que debiera, pues no hay muertos pero sí enterrados.
Enterrar a alguien vivo nos conmociona enormemente pues se truncan unos límites que tenemos como dogma. Vida y muerte, cielo y tierra se entremezclan y tambalean los pilares que nos sostienen. Un estado como el chileno, bajo tutela divina, no puede permitirse el lujo de tal daño moral pues las verdades que promulga corren peligro de debilitarse. El estado Chileno en jaque y los medios informativos, que saben mucho de esto, obtienen el caldo de cultivo perfecto para expandir, más allá de los océanos, todos los pormenores del extraño ritual, de la verdad truncada. Quizá en el futuro sepamos cuales eran sus intenciones ante tal despliegue.
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. No hablamos de catástrofes naturales ni de ese tipo de desgracias con las que uno se cuestiona acerca de la justicia divina. En este caso la desgracia no viene marcada por los designios de la fe, viene marcada por un agente concreto, aquél que no se preocupó cuando pudo. Chile no se podía permitir un rescate fallido, pues los chilenos se encontraban atrapados bajo tierra a causa de una mala gestión política chilena (pésimas condiciones de trabajo, mina en mal estado, y demás taras sin importancia, hasta ahora).
Campamento esperanza señala al sepulturero de vivos a través de las pantallas del mundo. Cualquier medio pues era necesario, aunque costase una fortuna y aunque con esa fortuna se pueda alimentar bastantes más de 33 bocas.
La verdad sagrada debe ser protegida por el bien de la nación y los mineros vivos tenían que volver al lugar que les corresponde. Empieza el rescate.
Otro ritual se pone en marcha. Gente anónima que inicia bajo tierra su particular rito de paso. Al más puro estilo druida, se aíslan de los suyos para resurgir como líderes, como sabios profetas. Gente anónima que aguarda en su encierro para volver a ver la luz, ya con un nombre, con una edad, ya como un héroe para todos. Jimmy Sánchez se enterró como niño y salió como hombre. Cada plano, cada minuto del aclamado directo nos transforma el lugar. Donde tanta aridez lo silenciaba todo, ahora retruena el clamor y la conmoción colectiva, los focos se encienden y apuntan la llegada de sus héroes.
Pero en Mad City las cosas son y no son según el instantáneo capricho de cada plano. En pocos días los héroes iluminados tras largo tiempo de tinieblas volverán al anonimato. Del estrellato al eclipse, pero esta vez sin público, esta vez el rito de paso lo realizarán en soledad, sin la fuerza de su comunidad ni de los focos, con lo que ello comporta. Campamento Esperanza volverá a ser un desierto lejano y sus héroes volverán a mal trabajar por sobrevivir.
No he dicho nada nuevo, tampoco he demostrado nada que no supieran, no era mi intención, ya se lo advertí. Pero evocar lo que uno arrincona en su mente, abstraernos de nuestra realidad virtual y reflexionar sobre ella, es también una buena práctica, como lo es juntarse un día festivo para comerte un pollo con aquellos que uno aprecia. A buen seguro que algo te llevarás en el zurrón.

domingo, 26 de septiembre de 2010

UN PASEO EN TIERRA DE NADIE


Me encuentro en una tierra de nadie donde nadie somos todos. A punto ya de alcanzar el éxtasis de mis andaduras por tal lugar, despierto, y lo hago en una tierra hostil, donde nadie somos nadie. Cada cual tendrá sus sueños, utopías lejanas a nuestra realidad que mantienen viva la idea de que todo cambio es posible, pero llegar tan lejos es hoy por hoy irrealizable y por tanto una utopía.
Agradezco al despotismo que impera y rige nuestras vidas el esfuerzo incansable de despertarme día tras día de mis sueños. Concretamente hoy, centraré mis plegarias en el nosequenúmero (por usar la numerología en auge) del clan de los déspotas, representate del nosequenúmero del clan de las madres patria que tanto bien le hacen a nuestra tierra hostil.
Gracias Sarkozy, hoy te vanagloriamos por mantener a Francia en perfecta armonía con nuestra tierra hostil. ¿Quién dijo un día que la cultura no debe ser exclusivamente francesa, inglesa o alemana sino plural, mestiza y bastarda producto del contacto entre horizontes lejanos?. Un demonio que desprestigia a nuestro pueblo, región, nación, estado, país y patria de tal manera, o bien es gitano, o bien el demonio, quizá ambas cosas, deportémosle pues.
A pesar de que los pueblos siempre han estado en movimiento y sus culturas en contacto, sigue uno creyendo que su cultura es producto de un legado histórico único, sólido e inalterable. Sin ofender a nadie, tales límites culturales, envuelven un paquete sorpresa en oferta donde todo lo interesante cabe y lo desechable queda fuera del envoltorio. A priori me parece una oferta sospechosa.
La tierra hostil y sus madres patria revolucionaron el mundo abriendo sus fronteras al dinero. Negocios y empresarios pueden decir abiertamente (y acertadamente) que se mueven en tierra de nadie. Para ellos mi sueño es una realidad. Pero las madres patria sólo han sacado del pack en oferta al sistema monetario. En otras palabras: negocios globales pero políticas locales. ¿Cómo se compagina eso? De momento no se hace, echemos un vistazo sino a las nefastas e ineficaces políticas de inmigración de nuestras madres patria.
Lo barato acaba saliendo caro, y así ha pasado con el paquete cultural en oferta, la ecuación es bien sencilla, sacamos el dinero del paquete ¿y qué nos queda? Una amalgama de gente que lucha por sobrevivir y una cultura sin recursos. Los movimientos sociales aumentan día a día y cada vez más fragmentados. Así pues la vía más eficaz por sentirse alguien en tierra hostil es apelar al sentimiento étnico, a la raza y a ese legado histórico que es el único derecho que se mantiene estanco desde nuestro nacimiento. Nuestra lucha por la supervivencia deja de centrarse en el dinero (pues hace tiempo que no lo vemos) y de manera sutil se transforma en una defensa a ultranza por mi moralidad, frente a la del otro.
Qué paradoja tan fascinante, puedo comprar desde mi casa pero esta es mi tierra, puedo hablar con la otra punta del mundo pero esta es mi tierra, los datos de mi vida al servicio de todo el planeta pero esta es mi tierra. Empieza así el conflicto del extranjero que me quita el puesto de trabajo, el extranjero que me quita a los médicos y el extranjero que no me deja dormir.
Bajo mi punto de vista estamos ante dos aspectos que nada tienen que ver con el extranjero, por un lado, somos demasiados sin dinero y sin recursos (no olvidemos que educación, sanidad y todo aquello destinado al verdadero bien para el pueblo es en lo que menos se invierte); por otro lado, hablamos de problemas de convivencia que nuestras autoridades no resuelven por ser este un delito que da pocos ingresos, o quizá mejor, por ser este un delito que no existe para el déspota.
Nuestras madres patria decoran la tierra hostil con guirnaldas de colores y nos escenifican nuestra cara más humana. Bajo el muérdago navideño platican y platican sobre lo mal que va el mundo, el hambre que hay, la violencia y tantos otros males. Lloran por el mundo que ven. Dura poco desgraciadamente. Los títulos de crédito del Santa Claus que volvía a la carga, nos muestran la otra cara, la más antihumana. Aquélla cuya obsesión por lo que es suyo nos mantiene impertérritos ante su repentina huida, un año más, del pobre Santa Claus. Y sus renos se alejan más cojos si cabe que el año anterior.
Ideales extremos como la xenofobia ganan fuerza vertiginosamente en la tierra hostil. El pueblo harto de aguantar, centra su miseria y el exceso de paupérrima población en aspectos raciales, pues eso le vende el paquete en oferta. Señor Sarkozy, ¿acaso le han molestado a usted los gitanos?. ¿Han invadido su palacete residencial?. Pero que bien se lo pasa usted vendiendo esa mística de lo regional, de lo auténtico y genuino.
Encuentro una cosa buena de sus utópicas guirnaldas, nuestros Derechos Universales, recordatorio por excelencia de males pasados, que empezaron como una utopía y acabaron siendo verdad. Crímenes similares siguen vigentes hoy día en nombre de la sangre azul (o elija usted su color). La guirnalda es bonita pero sólo cuelga y decora.
¡Nosequenumeros del clan despótico del clan de las madres patria! he encontrado la tara de su paquete cultural en oferta. La globalización empresarial no encaja bien con la fidelidad nacional que promulgan, así pues, las chimeneas se pueden volver a encender si no deciden rápido cual de los dos caminos seguir, o como compaginarlos mejor.
Paso pues de abrir su paquete, por bonito que esté envuelto, prefiero volver a dormir y volver a soñar en la tierra de nadie, donde nadie somos todos. A todo déspota que se precie: “Please don’t disturb”.

lunes, 6 de septiembre de 2010

LA VUELTA AL COLE, El Corte Inglés dixit


Una vez transcurrida gran parte de las vacaciones, justo cuando mente y cuerpo casi tocan ese glorioso cántico de mens sana in corpore sano es precisamente cuando uno se da cuenta de que lo máximo que llegará a tocar, y por ello deberá sentirse afortunado, es ese no tan glorioso cántico de mens sana in corpore tullido.
Recuerdo mis años en la escuela, en el instituto, en la facultad y también los años actuales en los que me gano la ración de pan, (y por ello deberé sentirme afortunado), en los cuales, sin excepción que recuerde, por allá los últimos diez días de agosto, una característica sensación se apodera de mi. Unos lo llaman depresión post-vacacional pero yo prefiero llamarlo la naturalización de nuestros cuerpos tullidos, pues eso de depresión me suena a la enfermedad de cada cual y prefiero pensar que el fin de las vacaciones es algo que nos afecta a la gran mayoría.
Alguien pudiera pensar que soy de visión pesimista, pues diez días es todavía un margen amplio para seguir disfrutando, y cierto es. No obstante, a pesar de mis intentos por evadirme de ese verano que empieza a palidecer, en algún momento u otro pescaba un legendario anuncio que se empeñaba en convencerme de lo contrario: El Corte Inglés y la vuelta al cole. ¿Alguien se acuerda de cuando empezaba tal eminencia británica a soplarnos el fin de las vacaciones? Pues eso, un 20 de agosto.
El Corte Inglés y el Carrefour copaban pues los sermones del buen hábito pero con el pasar de los años y las diferentes etapas se fueron añadiendo a tan tortuosa disciplina otros muchos negocios, hasta el punto de que hoy día es del todo imposible no cruzarse con catálogos del Media Markt, Pc City, Decathlon, Abacus, la óptica cual y la zapatería pascual (y la hamburguesa del nuevo curso!) Y eso por no mencionar a los medios informativos que sistemáticamente, y casi con calcadas noticias año tras año, nos recuerda que la última sombrilla está a punto de cerrarse.
Toda esta campaña utiliza siempre amables frases (en las que figura la terminología jovial de: cole, tus estudios, nuevo curso….) y llenas de energía cuya misión parece la de alentar al conjunto de individuos en su vuelta a la rutina, y en efecto, poco a poco van despertando así la conciencia colectiva de esa vuelta al cole. Aunque de todo esto se desprende cierto tufillo a encandilamiento, para empezar porque las rutinas de cada adulto poco tienen que ver con la ilusión de un primer día en la clase con tus compis, donde la única responsabilidad, es aguantar el bocata con una mano y parar con la otra ese penalti injusto que decretó el mafioso de la clase.
Tras cada eslogan de preparación para el nuevo curso en realidad se esconde el más importante engranaje de nuestro sistema social, el consumo. Parece que uno no pueda aprender sin una mochila nueva (y siempre con ruedas), zapatillas nuevas, chándal nuevo, ordenador nuevo, gafas nuevas, libros nuevos (la mitad de los cuales nunca se acaban y cada septiembre forman ya parte del polvo olvidado), estuche nuevo (roto al tercer día), cazadora nueva, muebles nuevos, tele nueva, móvil nuevo (que sea touch por dios) y un largo etcétera de todo nuevo. Algunos de estos productos (que no todos) pueden ser necesarios, en especial para los niños en edad de crecimiento, pero no para el adulto que tras ese largo etcétera no busca sino llenar ese vacío que a uno le causa ver la arena de la playa mojada, fría y solitaria.
Cuando el curso llega a su fin, uno siente más que nunca lo de mens sana (o ya no tanto) in corpore tullido y en lo único que piensa es en una conveniente desconexión que funcione a modo de lavativa, pues el intenso ciclo productivo que marca nuestro mundo de consumo así lo requiere, en caso contrario nuestros tullidos cuerpos estarían directamente muertos, y eso tampoco conviene, pues un cuerpo inerte no puede comprar (tiempo al tiempo).
Una vez llegado el presente curso la sociedad de consumo nos recuerda, como siempre hace, que ha llegado el momento de renovar nuestras ilusiones. Si en algo se caracterizan nuestras sociedades es en la inmediatez y la enorme variabilidad de nuestras opciones, en continua búsqueda de un concepto prometido que nunca llega, la felicidad. Así pues, la mochila del año pasado es vieja y no tiene ruedas, con lo que si quieres seguir en esa búsqueda debes adquirir una nueva. Pensad sino en las colecciones que tan esplendorosamente se anuncian en septiembre y tan cansinamente desaparecen de nuestros kioscos no empezado aún el mes de octubre.
Cada nuevo ciclo todos buscamos una renovación de hábitos, ideales, formaciones, profesiones e ilusiones, pero sólo unos pocos consiguen de verdad dicho cambio, no obstante ni nosotros cesamos en la búsqueda ni cesan los quioscos en ofrecernos coleccionables que jamás terminaremos, eso sí, por el hecho de requerir una perseverancia, resulta un reclamo de lo más apropiado para colaborar en nuestra reubicación y aceptación del rol que nos toca, que no es otro que destrozar nuestros cuerpos produciendo y liberar nuestras mentes comprando.

Nuestras sociedades de consumo funcionan pues, en términos generales, como el propio curso escolar, y tal como las energías de un niño se renuevan a cada recreo, también las nuestras se renuevan cada final de agosto. Hastiados al final de cada temporada pasamos por el periodo vacacional con el letargo propio de las marmotas y nuestro consumo (que nunca para) se centra entonces en comer bien, dormir bien y en casos excepcionales bien leer. Asimismo la tele, la radio, la prensa, la liga, las series, los políticos, los proyectos y las ilusiones se recogen en la madriguera, dejando viejo todo aquello pasado, aunque aún sirva, pues debe ser renovado nuevamente con el final de tan apacible letargo. Nueva actualidad, nuevos productos, nuevas compras y una nueva búsqueda.

Nadie debe tener miedo a quedarse dormido, El Corte Inglés aguarda pacientemente a la salida de nuestros refugios y cada 20 de agosto picará nuestra puerta, y como ese comercial pesado al que no abres la primera vez, tarde o temprano te hará sacar tu lindo hocico de la madriguera.